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  ROMANOS 8:12-13

Versículo Clave: 8:9

"Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne; porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis."

 

Después de la Guerra Civil de los EUA se eliminó la esclavitud, pero los esclavos que estaban en el sur de los Estados Unidos, aún no se habían dado cuenta que eran libres. Así que continuaban viviendo como esclavos. Además ellos tenían miedo de desobedecer a sus amos. Aunque éstos no tenían ningún derecho a hacer algo legalmente contra ellos, los esclavos pensaban que sus amos los iban a castigar hasta matarlos. Entonces el gobierno central tuvo que llamar a los esclavos y educarles diciendo: “Ya se proclamó la emancipación de la esclavitud. Ustedes son libres. Deben vivir como ciudadanos libres. No deben vivir como esclavos.” Aunque ellos eran libres, no disfrutaban la libertad porque no tenían identidad de ciudadanos libres.

Hay una novela escrita por Mark Twain titulada “El Príncipe y el Mendigo”, se trata que un mendigo sueña con ser un príncipe y lo alcanza. Un día él logró entrar en el palacio y se encontró con el príncipe de su ciudad. Ellos se asombraron porque se parecían mucho entre ellos y por la curiosidad se pusieron de acuerdo para intercambiar sus ropas y experimentar la vida del otro. El príncipe vestido con ropa de mendigo fue expulsado del palacio y el mendigo vestido con ropa del príncipe se quedó en el palacio. El se emocionó mucho por ser un príncipe, pero su alegría no duró mucho tiempo, porque tuvo que adaptarse a la vida en el palacio. Muchos siervos lo atendían, pero no sentía libertad porque lo estaban vigilando. Las ropas del príncipe eran bonitas pero se sentía muy incómodo porque tenía que cerrar los botones de su traje hasta arriba.

Cuando era mendigo no necesitaba ponerse ropas tan delicadas. Antes de comer se asustó porque había muchos tenedores y cuchillos puestos delante de él y no sabía cómo usarlos. Antes casi no usaba cubiertos, sino comía con sus dedos. El tenía que bañarse todos los días, lo cual le fue un gran sufrimiento y tuvo que estudiar mucho leyendo libros y aprendiendo vocabularios reales. No le era atractiva la vida del príncipe y pensaba cómo salir de esa pesadilla. Sin pasar mucho tiempo el rey falleció y lo iban a poner como el rey, en ese momento apareció el príncipe vestido con la ropa del mendigo diciendo que él era príncipe verdadero. La gente pensaba que ese mendigo estaba loco, pero el mendigo vestido con ropa del príncipe no perdió la oportunidad y aclaró que ese mendigo era el príncipe verdadero. De verdad para ese mendigo disfrazado de príncipe, la vida en el palacio era un dolor de cabeza.

Nosotros también vivíamos como ese mendigo, en una vida desordenada y libertina. Hacíamos lo que queríamos hacer conforme a nuestra naturaleza pecaminosa y nos acostumbramos a esa vida carnal. Pero un día la gran misericordia de Dios nos llegó. El nos compró de la esclavitud con la sangre preciosa de su Hijo Jesús y nos adoptó como sus hijos. En un día nos convertimos de esclavos a hijos amados del Rey celestial. Ya no somos más esclavos del pecado. Ya no somos más como mendigos de la calle, sino príncipes del Reino de Dios.

Entonces, ¿cómo tiene que ser la vida del ciudadano libre del Reino de Dios? ¿Cómo tiene que ser la vida de los príncipes celestiales? A través del estudio de Romanos hemos aprendido que nuestra posición ha cambiado por la gracia de nuestro Señor Jesús. Ro. 5:1 dice: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.” Estábamos bajo la condenación de Dios a causa de nuestros sucios pecados. Éramos como presos condenados a la pena de muerte que están esperando su día de ejecución, pero por el amor y sacrificio de Jesús fuimos perdonados de todos nuestros pecados y justificados por la fe en nuestro Señor Jesucristo.

La justificación es ser libre de la culpabilidad del pecado. Jesús declaró diciendo: “Ya yo pagué todo el costo de tu pecado al ser colgado en la cruz, por morir derramando mi sangre sin mancha, y te perdoné en la cruz, por lo cual no necesitas pagar el costo de tu pecado, ya que eres libre de toda culpa.” ¡Alabemos a nuestro Señor Jesús quien nos justificó de todos nuestros pecados! ¡Amén! Pero la vida cristiana no termina con la justificación. Como ese mendigo vestido con ropa de príncipe tuvo que aprender la vida en el palacio, después de ser justificados y ser hijos de Dios, debemos aprender la vida como príncipes del Reino celestial. Porque nuestra posición ha cambiado de esclavo a ciudadano libre, de mendigo a príncipe, nuestra vida también debe cambiar conforme a nuestra identidad espiritual. Por eso el apóstol Pablo continúa su carta diciendo: “Así que hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne; porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis.” (Ro 8:12,13) Estos dos versículos nos enseñan cómo tiene que ser la vida de los cristianos después de ser justificados por la sangre de Jesús.

Esta vida cristiana se llama ‘Santificación’. Es un proceso de la vida de fe que deben llevar todos los cristianos para recuperar la imagen original del hombre. La recuperación del ser humano es tanto la recuperación de la relación correcta con Dios como la recuperación de su ser interno conforme a la santidad de nuestro Dios. En varios sentidos la ‘Santificación’ es diferente a la ‘Justificación’:

• El pecado incluye culpabilidad y contaminación.

• La justificación nos da libertad de toda culpa, en cambio la santificación nos da libertad de la contaminación.

• La justificación cambia nuestra consciencia, en cambio la santificación cambia nuestro ser.

• La justificación nos da identidad justificada, en cambio la santificación nos da un ser santificado.

• La justificación nos llega en un momento, en cambio la santificación se produce progresivamente.

A través de la obra del Espíritu Santo nuestro ser contaminado se limpia gradualmente para tener la imagen santa de nuestro Padre celestial. Hay personas que dicen que nuestro ser se convierte en santo y perfecto en un momento al ser justificados por la fe. Ellos dicen que no tenemos más pecados porque Jesús nos perfeccionó, por lo cual no necesitamos arrepentirnos. Pero este pensamiento no es bíblico, porque aunque fuimos justificados por la fe en Jesús, todavía tenemos nuestros cuerpos con naturaleza pecaminosa, los cuales son débiles ante el pecado y caen en las tentaciones. Aunque nuestro espíritu no quiera, nuestro cuerpo carnal nos hace pecar, por lo cual debemos arrepentirnos constantemente de nuestros pecados aún después de conocer a Jesús. Si no cometemos más pecados después de ser justificados, ¿por qué entonces dice la palabra?: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1Jn.2:1)? Y hay otros que dicen que podemos llegar a la santificación total en esta tierra y su meta es la recuperación total de nuestro ser pecaminoso. Pero les digo, mientras tanto que tengamos este cuerpo carnal, no podremos ser santos perfectamente.

Como aprendimos en el v11 que dice: “Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestro cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros,” nuestro cuerpo mortal será glorificado en el tiempo de resurrección. Ese día nuestro cuerpo corrupto resucitará en incorrupto, deshonra en gloria, debilidad en poder y cuerpo animal en espiritual. Entonces, ¿para qué necesitamos llevar una vida santa en esta tierra? Porque esta es la orden de nuestro Padre celestial. Él dijo: “Porque yo soy Jehová, que os hago subir de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios: seréis, pues, santos, porque yo soy santo.” (Lv.11:45) Nuestro Padre celestial es santo, entonces sus hijos también deben ser santos. Los hijos son la cara de sus padres.

Aunque no conozcamos a los padres, viendo a los hijos podemos adivinar cómo son sus padres, porque los hijos aprenden de sus padres. Entonces la gente de este mundo adivinarán cómo es nuestro Dios a través de los cristianos. Ellos no van a escuchar nuestra predicación sobre Dios hasta que vean nuestra vida práctica en esta tierra. Si nuestra vida es desordenada, mentirosa, conflictiva y carnal la gente del mundo pensaría que Dios es Dios de desorden, mentira, conflicto y carnalidad, aunque nuestro Padre celestial es de orden, verdad, paz y espíritu. De esta manera no podemos glorificar a Dios, al contrario vamos a deshonrar el nombre de Dios. Por lo cual nuestro comportamiento en esta tierra es la referencia para manifestar quién es nuestro Dios.

La otra razón es que somos deudores a la gracia de nuestro Señor Jesús. Leamos el v12. “Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne.” La palabra dice que ya no somos más deudores a la carne. Antes de ser justificados teníamos deudas a la carne a causa de nuestros pecados, por lo cual la carne nos obligaba a hacer las cosas carnales. Pero Jesús pagó toda esa deuda, por eso ahora no necesitamos obedecer a lo que demanda la carne, sino solamente a Jesús quien se sacrificó por nosotros. Después de justificados por la fe nuestra deuda no es con la carne, sino con la gracia de nuestro Señor Jesucristo. Por lo cual no debemos vivir conforme a la carne, sino al Espíritu. El v13a nos dice: “porque si vivís conforme a la carne, moriréis.”

Parece que esta palabra está diciendo que si nosotros siendo cristianos dejamos nuestras luchas espirituales y vivimos en pecado, perderemos la vida eterna. Pero debemos tener cuidado al interpretar esta palabra. El v9 dice: “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él.” La palabra no dice: “Ustedes no tienen que vivir según la carne,” sino “Ustedes no viven según la carne, sino según el Espíritu.” En este versículo Pablo no está hablando de la obligación de los cristianos, sino de la condición de los cristianos. Los que aceptaron a Cristo como su Salvador y tienen el Espíritu Santo que mora en ellos no viven según la carne, sino según el Espíritu. Entonces, ¿cómo se les podría poner una condición a los cristianos diciendo: ‘Si viven conforme a la carne’? Por lo cual esta palabra no es una condición que aplica a los cristianos, sino una manera de decir para que los cristianos no regresen a su estilo de vida pasada, sino que hagan lucha espiritual para vivir como Dios nos lo pide. Indudablemente los incrédulos viven según la carne y ellos morirán. Pablo tomó el ejemplo de estos incrédulos para advertir a los cristianos.

Si tomamos este versículo ‘si viven conforme a la carne, morirán’ como una condición y su resultado, nuestra salvación dependería de nuestras obras. Esta idea es totalmente opuesta con la enseñanza principal del libro Romanos: Fuimos salvos por la fe y no por las obras. Ro.1:17 dice: “Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá.” Amén. Entonces ¿cómo podremos llevar una vida santificada concretamente? La palabra nos enseña no solamente lo que no debemos hacer, sino también lo que debemos hacer activamente. Leamos el v13b. “Mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis.” Por el Espíritu debemos hacer morir las obras de la carne.

Las obras de la carne son las cosas que vienen de nuestra naturaleza pecaminosa. Son las cosas contra la naturaleza santa de nuestro Dios. Como aprendimos en Gá.5:19, son: “adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, etc.” Estos deseos están en nuestros cuerpos mortales y se manifiestan cuando estamos tentados. Para llevar una vida santificada debemos hacer morir estas obras carnales. Pero, ¿cómo podemos hacerlo? ¿Golpear nuestras cabezas con dos manos para quitarnos los malos pensamientos? O ¿Tapar nuestras bocas con un “teipe” para que no hablemos más mentiras? Un hermano lo practicó, pero al quitarse el “teipe” una hora después, la primera palabra fue: “¡No pude respirar durante una hora!” o ¿Escribir 100 páginas de testimonio bíblico de arrepentimiento? o ¿Nos apartamos de la gente y nos metemos en una montaña para no encontrar a nadie, como lo hacen los monjes? Estos métodos pueden ayudarnos para mejorar nuestra lucha espiritual, pero no son la solución esencial. ¿Qué dice la palabra? “Por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis.”

El Espíritu está escrito en mayúscula, es decir es ‘Espíritu Santo’. Solamente por la obra del Espíritu Santo que mora en nosotros podemos hacer morir las obras de la carne. El Espíritu Santo es el que trabaja para santificarnos. Por supuesto, el Espíritu Santo nos pide que le colaboremos con nuestra lucha espiritual, como orar profundamente buscando la presencia de Dios, leer la palabra de Dios aplicándola en nuestra vida, cantar alabando al Señor para entregarle nuestro ser, dedicarnos a la obra del Señor para ocuparnos con las cosas de Dios, tomar decisiones firmes para apartarnos del ambiente que nos tienta, etc. Entonces el Espíritu Santo que mora en nosotros nos llena y nos ayuda a vivir conforme al Espíritu matando los deseos de la carne que están en nuestro cuerpo, de esta forma nuestro ser se santifica para tener la imagen santa de nuestro Padre celestial. En este proceso es muy importante tomar decisiones firmes de apartarnos del pecado. Desde el momento cuando dejamos nuestra lucha espiritual, el enemigo no pierde la oportunidad y se mete en nosotros para que caigamos en el pecado.

He.12:4 dice: “Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado.” También 1P.4:3 dice: “Basta ya el tiempo pasado para haber hecho lo que agrada a los gentiles, andando en lascivias, concupiscencias, embriagueces, orgías, disipación y abominables idolatrías.” Ahora es el momento de dejar la vida carnal, de seguir nuestra naturaleza pecaminosa y tomar la decisión de resistir hasta la sangre, combatiendo contra el pecado. Oro que cada día Dios nos ayude a recuperar la imagen santa de nuestro Señor Jesús. Amén.

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