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  ROMANOS  2:2-5

Versículo Clave: 2:4

"¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?"

 

¿Ustedes creen que habrá justo juicio de Dios? Muchos no creen en el juicio de Dios, porque piensan que Dios es amor y no va a juzgar a nadie. Otros creen en el juicio de Dios, pero piensan que Dios va a salvar a todos. Entre los que creen en el justo juicio de Dios, algunos piensan que no tienen nada que ver con ese juicio, es decir, piensan que están fuera del juicio de Dios.

La semana pasada aprendimos sobre el pecado de juzgar a otros. Los que juzgan a otros, piensan que están fuera de ese juicio, pero ¿qué les dijo Pablo? Leamos el v2. “Mas sabemos que el juicio de Dios contra los que practican tales cosas es según verdad.” ‘Tales cosas’ se refiere a todos los pecados mencionados en el capítulo 1 y 2. ‘Según verdad’ quiere decir que ‘se basa en la verdad’, es decir, que el justo juicio de Dios se basa en la verdad. Dios tiene su criterio sobre el juicio. Seremos salvos por la fe, no por la obras. Con nuestras obras no podemos ser salvos, porque nuestro ser es corrupto y jamás podremos llegar al criterio de Dios. Algunos intentan ser salvos con sus propias fuerzas, por eso quieren ayudar a otros, disciplinarse a si mismos, e intentan hablar la verdad. Pero ¿Quién puede cumplir todos los mandamientos de Dios? ¿Quién puede guardar el mandamiento de ‘No codiciarás’? Los humanos caídos son como los que caen  en el pantano. Mientras más intenta salir, más se hunden. Para salir del pantano necesita que alguien le extienda su mano y agarrándola es que podrá salir de allí. Sin embargo, muchos no quieren aceptar esa ayuda, sino quieren salir de allí con sus propias fuerza.

Hay otras religiones, que le exigen a la gente muchas obras. Por ejemplo, los islamitas para ser salvos tienen que orar 5 veces al día inclinándose hacia la Meca; ayudar a los necesitados con 1/40 de sus ingresos; guardar el Ramadan con ayuno durante 1 mes; y hacer peregrinación a la Meca por lo menos una vez en su vida. Si no cumplen uno de estas condiciones, no pueden ser salvos. En el caso de los budistas, tienen que disciplinarse para llegar al Nirvana. Sin embargo, la Biblia dice claramente que no podemos ser salvos con nuestras obras. Ro.3:23 dice: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.” El único camino para ser salvos, es por la fe en Jesús, quien murió por nuestros pecados. Esta es la verdad de Dios. Por eso sabemos, que el criterio del justo juicio de Dios es creer en Jesús o no. Aunque sea un fornicario, un asesino, un ladrón, por la fe en Jesús, puede llegar a la salvación a través de arrepentirse de sus pecados sinceramente. Este arrepentimiento se manifiesta a través de un fruto muy importante, el cual es la conversión de su vida. En cambio los que creen que son justos no quieren aceptar este criterio de Dios, porque piensan que son diferentes a esos criminales.

Pero la palabra repite otra vez, que ellos también son pecadores. Miren el v.3 “¿Y piensas esto, oh hombre, tú que juzgas a los que tal hacen, y haces lo mismo, que tú escaparás del juicio de Dios?” Como el v.1 dijo: “porque tú que juzgas haces lo mismo”, el v.3 lo repite diciendo: “tú que juzgas a los que tal hacen, y haces lo mismo.” Estas palabras nos enseña que todos cometemos los mismos pecados. Todos cometimos pecado contra Dios. Por eso nadie puede escapar del juicio de Dios. Los orgullosos piensan que estarán fuera del juicio de Dios por sus buenas obras. Esa es una gran equivocación. Ellos tienen que reconocer sus propios pecados. Tienen que aceptar que son pecadores. Entonces, pueden acercarse a la cruz de Jesús con arrepentimiento y tendrán la salvación.

Los que creen que son justos, no saben cuán grave es su condición. Miren el v.4 “¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?” Nuestro Dios está lleno de benignidad, paciencia y longanimidad. La benignidad, es actuar con compasión, piedad, y misericordia. La longanimidad, es la grandeza y constancia con ánimo. Nuestro Dios es misericordioso, paciente y fiel. Éxodo. 34:6 dice: “¡Jehová! ¡Jehová! Fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad.” Dios nos espera con mucha misericordia y paciencia hasta que nos arrepintamos y volvamos a él.

Muchos de nosotros conocemos bien la historia del hijo pródigo narrada en la Biblia. Cuando el hijo menor le pidió a su padre su herencia, el padre sabía que él se iba a ir de su casa, pero se la repartió para no perderlo totalmente. Cuando el hijo se fue lejos a una provincia apartada, el padre lo esperó todos los días con amor y paciencia. El hijo gastó todo lo que tenía y cayó en una condición miserable. Finalmente tomó una decisión: “Me levantaré e iré a mi padre”, y volvió a la casa de su padre. Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó. Luego realizó un banquete, para celebrar el regreso de su hijo perdido. Asimismo, es el corazón de nuestro Dios celestial.

Hubo una hija rebelde en una familia. Su padre era estricto y no le permitía ir a fiestas con sus amigos. Un día ella, peleó mucho con su padre y se fue de su casa, luego de decirle: “Papá, te odio.” Ella tomó la decisión de hacer todo lo que no podía hacer por su padre. En una discoteca, conoció a un hombre que tenía un carro grande y lujoso. Él le compraba comida y la llevaba a pasear. También le regaló droga. Ella tuvo una experiencia fantástica con esa pastilla y pensó: “Yo tenía razón. Mis padres no me dejaban experimentar estas diversiones.” Luego le enseñó cómo alegrar a los hombres y después de hacer lo que le pedían, le pagaban bien. Un año después, se enfermó, el hombre se molestó y la botó a la calle. Ella no tenía dinero, porque lo había gastado todo en drogas. Esa noche, se acostó en la calle cubriendo su cuerpo sólo con un suéter que tenía. Tenía hambre y frío. En ese momento dijo: “¿Por qué salí de mi casa? Extraño a mi papá y a mi mamá.” Ella se levantó, fue a un teléfono público y llamó a su casa. Pero le cayó la contestadora. Colgó el teléfono e hizo otra llamada. Otra vez le cayó la contestadora. A la tercera vez, dejó el siguiente mensaje: “Papá y mamá, soy yo. Quizás vuelva a la casa. Me voy a montar en un autobús dirección allá. Cerca de medianoche, el autobús llegará al Terminal cerca de la casa. Si ustedes no están en el terminal, yo seguiré en ese autobús. No sé a dónde.” En el autobús ella se preocupó y pensaba: “Y si mis padres no pudieron escuchar el mensaje…, Tenía que hablar con ellos. A lo mejor ellos no quieren verme, por eso no van a estar en el Terminal, aunque hayan escuchado mi mensaje.” Mientras pensaba varias cosas con preocupación, el autobús llegó al terminal cerca de su casa. Ella se puso nerviosa y miraba por la ventana, no podía aguantar las lágrimas que salían de sus ojos, porque encontró una pancarta, que decía: “¡Bienvenida!” Sus padres la estaban esperando con esa pancarta, además no solo ellos, también estaban sus abuelos, tíos, y hermanos. Cuando ella bajó del autobús, su padre se le acercó y la abrazó. Ella le dijo: “Papá, perdóname… ”, pero su padre le dijo: “Tranquila, vamos a la casa, ya preparamos una fiesta para ti.”

Este es el corazón de nuestro Padre celestial. El espera que reconozcamos nuestros pecados, nos arrepintamos y volvamos a él. Nos espera con mucha benignidad, paciencia y longanimidad. Algunos tardarán 5 años, otros 10 años, otros 20 años, otros 50 años para volver a Dios. Nuestro Dios tiene las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad. Pero hay hombres ignorantes que menosprecian esta gracia de Dios. Ellos dicen: “No hay Dios, porque no hace nada contra los malos.” Otros dicen: “No habrá juicio de Dios. Mírame, soy tan malo y no me pasa nada.” Otros dicen orgullosamente: “Dios, si tú estás vivo, castígame ahora mismo.” Hubo un hombre orgulloso que quiso discutir con Dios. Un día subió a un monte y gritó: “Dios, si tú existes, manda tu fuego para quemarme ahora mismo.” Y no le pasó nada. El se volvió más orgulloso y al bajar del monte, encontró una iglesia. El quiso discutir con el pastor de esa iglesia y entró. En la iglesia había un culto y el pastor estaba orando: “Señor, perdona a todos los que dicen que tú no existe. Que no baje el fuego de tú juicio contra ellos.” Dios, por su paciencia y la oración de su pueblo, todavía está soportando la maldad de este mundo.

Imaginemos ¿qué nos pasaría si Dios no tuviese esa paciencia? Si Dios nos castigara con su fuego cada vez que cometemos pecados, ¿qué nos pasaría? ¿Cuántas veces habríamos muertos quemados por nuestros pecados? Desaparecería el ser humano de este planeta (o todos los hombres y mujeres serían calvos y calvas por el fuego de Dios.) Porque Dios tiene paciencia y espera que nos arrepintamos y volvamos a él, todavía estamos vivos a pesar de los muchos pecados que cometemos diariamente.

A veces Dios, manifiesta su juicio directamente a los orgullosos. En la época de Noé, Dios juzgó al mundo con un Diluvio, porque los hombres se hicieron carnales. Cuando los sodomitas estaban tan pecaminosos que practicaban el pecado de homosexualidad, Dios mandó azufre y fuego para destruir esa ciudad. En la época de Daniel, había un rey llamado Belsasar. El hacía banquetes todos los días. Era tan pecaminoso, que bebió vino con el vaso que se usaba para el sacrificio a Dios en su templo. En ese momento aparecieron los dedos de la mano de hombre, que escribía en la pared: “MENE, MENE, TEKEL, UPARSIN.” El rey se turbó por el miedo y le pidió a Daniel que le  interpretara la escritura. La interpretación de Daniel fue: “MENE: Contó Dios tu reino, y le ha puesto fin. TEKEL: Pesado has sido en balanza, y fuiste hallado falto. PERES: Tu reino ha sido roto, y dado a los medos y a los persas.” Dios contó el reino de Babilonia, pesó el rey Belsasar con su balanza, y lo juzgó junto a su reino. Dios cuenta y pesa nuestros pecados. El sabe todos nuestros hechos. No podemos esconder nada ante sus ojos. El tiene su balanza. En un plato pone su criterio y en otro plato pone nuestros pecados. Su criterio es muy pesado, por eso la balanza está inclinada hacia el criterio de Dios. Pero cada vez nuestros pecados se acumulan más y más y la balanza se inclina hacia el plato de nuestros pecados.

Entonces, Dios toma la decisión de juzgarnos y de condenarnos como en el caso de Belsasar. Por lo cual, no debemos menospreciar la benignidad, paciencia y longanimidad de nuestro Dios. No debemos ignorar su gracia y misericordia. Debemos arrepentirnos de nuestros pecados, entonces, se quitará el peso del plato de nuestros pecados y podremos evitar el justo juicio de Dios.
Sin embargo, mucha gente no quiere arrepentirse. ¿Por qué? Leamos el v5. “Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios.” La palabra dice, que la gente no se arrepiente por su dureza y por su corazón no arrepentido. Los que tienen corazón duro no quieren aceptar ninguna palabra de Dios.

Según la parábola del sembrador, la semilla que cayó en la tierra junto al camino no pudo entrar en la tierra. Finalmente, vino un ave y se la comió. A los que tienen el corazón duro, le rebota la palabra de Dios por su orgullo, por su propio pensamiento, prejuicio, rebeldía, etc. Ellos no pueden arrepentirse. Un buen ejemplo es el faraón en el tiempo de Moisés. Dios le dio  9 plagas: la plaga de la sangre, ranas, piojos, moscas, ganado, úlceras, granizo, langostas, tinieblas, sin embargo, su corazón se endurecía cada vez más y no quiso obedecer a Dios. Este es el corazón duro. Finalmente Dios le dio la plaga de la muerte del primogénito, que consistía en matar a todos los primogénito dentro de la cual murió el primogénito del faraón. Luego tuvo que soltar a los israelitas. Pero otra vez se endureció en su corazón y persiguió al pueblo de Dios hasta recibir su condenación. Los que tienen corazón duro y no arrepentido atesoran para sí mismos ira para el día del juicio de Dios.

Por lo cual sabiendo del justo juicio de Dios, debemos tener corazón humilde y arrepentirnos. Si nos arrepentimos, podremos recibir la gracia de Jesucristo y ser salvos. Oro que tengamos corazón humilde y nos arrepintamos de nuestros pecados. Amén.

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