|
René Descartes quien es el padre de la filosofía moderna y matemático dijo: “Leer buenos libros es como hablar con los más grandes hombres de la historia.” También dijo: “Leer un libro enseña más que hablar con su autor, porque el autor, en el libro, sólo ha puesto sus mejores pensamientos.” En la vida de fe es muy importante leer buenos libros cristianos y aprender de la vida de los grandes hombres de la fe. Ellos lucharon para imitar a Jesús y llevar frutos espirituales. Leer sus libros nos ayuda a tener un gran deseo espiritual de aprender de Jesús como ellos. Entre los libros que he leído y que me influenciaron más son los que leí en mis primeros tiempos de la vida de fe, los cuales son: Diario de David Brainerd, Confesión de San Agustín e Imitación a Cristo de Tomás Kempis. Son los libros clásicos cristianos que recomiendo que los lean.
David Brainerd era un misionero para los indígenas de los años 1700. El no hizo grandes obras, y su vida era muy corta. El se convirtió cuando tenía 21 años de edad, se dedicó para el Señor desde que tenía 24 años y murió a los 29 años. El tiempo de su servicio fue solamente 5 años, sin embargo en su diario se manifestó que él respiraba a través de la oración, fue guiado por la oración, predicaba y murió en medio de la oración. El era un hombre que vivía con Dios. En su diario del 20 de abril de 1743 dice: “Hoy me propuse ayunar y orar todo el día para doblarme ante Dios y vivir en su gracia divina. Sobretodo quise limpiar mi corazón. Hoy es mi cumpleaños. Intenté recordar la misericordia del Señor durante un año. Mi alma estaba desolada y sufría por la muerte. Vi que soy tan débil que no podía estar en la gloria de Dios. Paseé por el bosque y me entregué todo a Dios. ¡Oh Señor, ayúdame a vivir en tu gloria venidera!” Su diario tuvo una gran influencia espiritual para grandes siervos de Dios como Jonathan Edward, Juan Wesley, William Carey, Jim Eliot, etc. Su libro puso fuego al movimiento de avivamiento espiritual en los EEUU. El nos enseñó cuán hermosa es la vida de los que se dedican para el Señor. Su vida fue corta, pero a través del constante arrepentimiento él estaba cerca de Jesús aprendiendo de él. El nos mostró cómo tiene que ser la vida del discípulo de Jesús.
Nosotros también estamos en la vida de aprender de Jesús como sus discípulos. Para tener la imagen de Jesús debemos limpiarnos cada momento para estar más cerca de Jesús. Nuestra vida de fe es la continuación de arrepentimiento y recibir el perdón de nuestro Señor Jesús. Jesús dijo: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores.” Hoy vamos ver tres tipos de pecadores: un paralítico, Leví el recaudador de impuestos y los fariseos. Los primeros dos conocieron a Jesús por el perdón de sus pecados, pero los fariseos no pudieron conocer a Jesús porque pensaban que eran justos. Finalmente ellos fueron condenados a causa de su orgullo. El Señor quiere que nos acerquemos a él con humildad para ser perdonados siempre.
En la ciudad Capernaum había un paralítico. No sabemos cuántos años tenía él ni por qué cayó en esa enfermedad. Pero podemos saber que su vida era muy triste porque no podía hacer nada con su propia fuerza. Imagino que cuando era sano, él era un hombre fuerte que trabajaba duro para mantener su vida. El no necesitaba depender de nadie. A lo mejor era un buen jugador de fútbol como Kaká. Él era el jugador más valioso del campeonato de Capernaum. Pero en un juego tuvo un choque fuerte y salió herido. Desde entonces él no pudo mover más su cuerpo. El tuvo que estar acostado todo el día. No podía comer solo, ni podía ir al baño. El se sentía muy triste y tuvo muchas quejas en su corazón. “¿Por qué? ¿Por qué me pasan estas cosas? ¿Por qué Dios me abandonó?” Muchas veces perdió las ganas de vivir y quería suicidarse. Pensaba que era mejor morir que vivir dependiendo de otros. Pero poco a poco se acostumbró a este tipo de vida. Recibir la ayuda de otros era muy normal para él. Pero cuando la gente no le ayudaba se molestaba. El pensó que los otros tenían que ayudarle porque era un paralítico. En el momento de necesitar la ayuda de otros, si no había nadie, él gritaba: “¿Dónde están? ¡Tienen que venir para ayudarme, son unos egoístas! ¿¡No quieren ayudar a este pobre paralítico?!” Y lloraba amargamente por su condición.
Un día sus amigos vinieron a él corriendo y le dijeron: “¡Amigo, viene Jesús a nuestra ciudad!, ¡Vamos a verlo! El tiene mucho poder. El puede sanarte. El puede levantarte.” Pero el paralítico no tenía ánimo de salir. “No, yo no quiero moverme de aquí. Déjame tranquilo.” Sus amigos tuvieron que animar al paralítico y convencerle: “Es verdad. ¿No quieres caminar otra vez? Jesús puede hacerlo. Vamos.” El paralítico respondió: “Pero, ¿cómo? Yo no puedo moverme solo. Y el lugar donde está Jesús está lejos.” Sus amigos le dijeron: “No te preocupes, para eso estamos aquí.” Estos cuatro amigos tomaron el lecho del paralítico y comenzaron a correr a donde estaba Jesús a una velocidad de 100 km por hora. Ellos estaban muy animados para ayudar a su amigo paralítico y tenían fe en Jesús quien podía sanarlo. Cuando llegaron a la casa donde estaba Jesús, había mucha gente y no podían entrar dentro. Pero ellos no se decepcionaron, sino buscaron una solución. ¿Por qué? Porque tenían fe en que si lo traían a Jesús, él los sanaría. Ellos no podían perder esa oportunidad por el amor que tenían a su amigo paralítico y oraron a Dios mirando al cielo: “Señor, ayúdanos.” En ese momento pudieron ver el techo de esa casa y se miraron unos a otros y dijeron juntos: “¡Sí!” Ellos subieron al techo con el paralítico y comenzaron a perforarlo con un taladro. Por fin abrieron un gran hueco y ellos comenzaron a bajar el lecho donde estaba paralítico poco a poco. La gente que estaba dentro de la casa se asustó mirando que bajaba un lecho con un hombre encima. Algunas mujeres gritaron y se desmayaron pensando que era una fantasma. El lecho llegó exactamente frente a Jesús. ¡Misión cumplida!
Mirándolo la mayoría se molestaron y les reclamaron: “Tramposos, es mi turno, no se coleen, …” El dueño de la casa les gritó: “Tienen que reparar el techo de mi casa.” Los fariseos estaban anotando en su agenda: “Estos cuatro hombres cometieron los siguientes delitos: invasión a la propiedad privada, daño a los bienes de otros, disturbio contra el orden social, etc.” Pero ¿qué les dijo Jesús? Leamos el v5. “Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados.” Aunque la gente vio la manera injusta en que estos hombres tomaron ventaja, Jesús vio la fe de ellos. Jesús entendió por qué ellos tuvieron que subir al techo y bajar el paralítico. Jesús vio el amor de estos cuatro amigos al paralítico. Jesús también vio que el paralítico tuvo fe para ser sano. Viendo la fe de ellos, Jesús le dijo al paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados.” Jesús manifestó su amor al paralítico llamándole hijo y le dio el perdón de sus pecados. Esta declaración de Jesús fue muy sorpresiva para el paralítico, para los amigos y para la gente que estaba en ese lugar. El paralítico se acercó a Jesús para la sanación de su cuerpo, pero Jesús perdonó primero sus pecados. ¿Por qué? Porque la obra principal de Jesús en esta tierra fue la obra de salvación. Jesús sanaba a los enfermos, pero quiso salvarlos más que sanar sus enfermedades físicas. Aunque un enfermo se sane, si muere sin conocer a Jesús, no tendría la vida eterna. Por lo cual Jesús le dio el perdón de sus pecados antes de sanarlo por la fe que tenía.
Entonces, ¿en qué sentido el paralítico necesitaba ser perdonado? ¿Cuáles eran sus pecados? Aparte de los pecados que tienen todos los humanos, el paralítico tenía sus pecados específicos como, queja, depender de otros, vivir sin ánimo ni fuerza, etc. La queja es un pecado que no agrada a nuestro Dios. 1Ts.5:18 dice: “Dad gracias en todo, porque esa es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús.” ¿Cuál es la voluntad de Dios? Dar gracias en todo. Los que dan gracias a Dios en todo no van a quejarse. En la Biblia salen muchos casos que fueron castigados por sus quejas. Después de salir de Egipto el pueblo de Israel se quejó de Moisés porque no había agua ni comida. También ellos se quejaron porque los espías le habían dicho que los cananeos eran fuertes y no podrían entrar en la tierra de Canaán. Por sus quejas todos los que salieron de Egipto murieron en el desierto sin poder entrar en la tierra prometida, salvo Josué y Caleb que se no quejaron. Los que se quejan tienen una tendencia de echarle la culpa a otros, como a sus padres, hermanos, amigos, esposo, esposa, a su pastor, a Dios, etc. Por la queja ellos no enfrentan los problemas que tienen para superarlos, sino se decepcionan y se rinden. Ellos tienen que arrepentirse de su queja para cambiarlas en agradecimiento a Dios. La dependencia de otros hombres tampoco es la voluntad de Dios, porque fuimos creados para depender nada más de Dios. Los humanos no podemos depender de otros humanos, sino solamente Dios. Si dependemos de otros hombres, no podemos depender de Dios, entonces no podemos conocer más a Dios. Hay hermanos que no entran profundamente en el mundo de Jesús, porque ellos dependen de los humanos más que de Dios. Muchos dependen del amor humano, por eso no pueden conocer profundamente el amor de Dios. Muchos dependen de su propia capacidad, por eso no pueden recibir el poder de Dios. Muchos dependen de la ayuda de otros, por eso no pueden experimentar la ayuda de Dios. Dios quiere que nosotros seamos independientes con la ayuda de Dios. Jesús te quiere perdonar de todos estos pecados, por eso te dice: “Hijo, tus pecados te son perdonados.” Oro que todos nosotros llevemos una vida poderosa dándole gracias a Dios en todo con la fuerza que viene de Dios. Amén.
En el camino Jesús encontró a un recaudador de impuestos llamado Leví. El estaba sentado al banco de los tributos públicos para cobrar impuestos. Ellos cobraban más de lo que tenían que cobrar y se enriquecían. Ellos traicionaban a su pueblo para su propio beneficio. Ellos llevaban una vida egocéntrica. Por eso ellos se consideraban pecadores públicos. Aunque Leví había ganado mucho dinero, él no podía vivir feliz porque la gente le criticaba. El se sentía solo y no podía encontrar el sentido de su vida. Así que él estaba sentado al banco de los tributos públicos con sus ojos y rostro decepcionados. Jesús lo vio y entendió que él estaba buscando cambio en su vida. ¿Qué le dijo Jesús a Leví? “Sígueme.” Con esta palabra Jesús quiso cambiar la dirección de su vida. ¿Cuáles son los principales mandamientos de Dios? San Mateo 22:37-39 dicen: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Conforme a estos mandamientos debemos vivir en el amar a Dios y amar a nuestro prójimo. Leví no estaba viviendo para Dios ni para el prójimo. En ese sentido él era un pecador y necesitaba cambiar la dirección de su vida. Si estás viviendo solamente para ti mismo o para tu familia nada más, no estás viviendo conforme a la voluntad de Dios. Si tu vida no es para Dios, también estás equivocado. A través de llevar una vida de amar a Dios y al prójimo, podemos vivir felices verdaderamente. Ante este perdón de sus pecados Leví abrió un gran banquete invitando a sus amigos publicanos para agradecerle a Jesús. Cuando él ofreció amor a otros, él se sintió verdaderamente feliz. Dios quiere que todos nosotros tengamos este gozo espiritual a través de vivir conforme a su voluntad.
Al ver esta obra de perdonar pecados, los escribas y los fariseos no podían entender cómo Jesús podía perdonar pecados. Ellos no sabían que Jesús era Dios quien tiene autoridad para perdonar pecados. Cuando ellos criticaron a Jesús por comer y beber con los pecadores, Jesús les dijo cuál fue propósito de su venida. Leamos el v17. “Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores.” Jesús vino a esta tierra para perdonar nuestros pecados. Según la palabra, no hay justo ni aún uno. Por lo cual todos necesitan el perdón de pecados de Jesús. Sin embargo, los fariseos y los escribas pensaban que eran justos, por eso no pudieron recibir el perdón de Jesús y fueron condenados finalmente. Ellos tenían el orgullo de supuestamente ser justos ante Dios aunque eran pecadores. Si tenemos orgullo en nuestro corazón, seremos como los fariseos y los escribas que no se arrepienten de sus pecados y critican a otros. Entonces, no podremos recibir más la gracia de Jesús. Jesús vino a llamar a los pecadores, por lo cual debemos acercarnos a Jesús constantemente con nuestros pecados para estar siempre limpios. Por la gracia de Jesús fuimos perdonados, pero pecamos otra vez. Es el momento de buscar a Jesús y recibir su perdón otra vez. La vida cristiana es la continuación de ser perdonados y limpiarnos. Para esto necesitamos la humildad de aceptar nuestras debilidades y errores. Oro a Dios que todos nosotros nos acerquemos más a Dios a través de recibir su perdón. Amén.
| |